Para el ya conocido y oligárquico diario La Nación, trabaja el menos antiguo pero igualmente decadente y elitista, Mariano Grondona, quien escribe lo siguiente:
¿Sí o no al matrimonio gay? El proyecto que consagra el matrimonio gay ha pasado al Senado, donde lo espera un arduo debate. El tema dejó de ser "partidario" para alojarse en la conciencia de cada uno de los senadores, a quienes se les ha convertido en una opción "moral". Desde el momento en que ya nadie discute el derecho de los homosexuales a formar libremente sus parejas con consecuencias legales comparables a las de las parejas heterosexuales, el dilema que enfrentan nuestros senadores podría reducirse a esta pregunta: la palabra "matrimonio", ¿debe aludir también a la unión entre los homosexuales o ha de seguir reservándose, como hasta ahora, a la unión entre los heterosexuales, buscándose en tal caso otra palabra para aludir a las parejas del mismo sexo? Podría pensarse que sólo nos hallamos ante un problema "nominal", de meras formas, pero la pasión que se ha desatado entre los contrincantes de este debate permite sospechar que en él hay en juego algo más profundo que una cuestión de palabras.
Si nos hallamos ante una cuestión moral, podría traducírsela por este otro interrogante: ¿es "justo" que la palabra "matrimonio" cubra por igual a la unión entre los heterosexuales y a la unión entre los homosexuales? Cuando definió a la justicia, Aristóteles señaló que ella no es idéntica a la igualdad porque, en tanto es justo tratar como iguales a los hombres en la medida en que son iguales, no lo es tratar como desiguales a los que son iguales ni, tampoco, tratar como iguales a los que son desiguales. Si todos tenemos derechos humanos, por ejemplo, sería injusto reconocérselos a los amigos, pero no a los enemigos. Pero también sería injusto otorgarles la misma nota a quienes no han exhibido el mismo mérito en un examen, porque en tal caso caeríamos en la famosa denuncia de Santos Discépolo: "Lo mismo un burro que un gran profesor".
Quizá podría decirse entonces que, en tanto seres humanos, los homosexuales tienen el mismo derecho a la libertad del que gozan los heterosexuales, desechándose a partir de aquí toda discriminación, como tampoco la aceptaríamos por el color de la piel o la religión. Quienes se oponen al matrimonio gay hacen notar empero que aquellos que pretenden equipararlo al matrimonio tradicional se están apropiando indebidamente de un concepto que viene del fondo de la historia. En la encíclica "Populorum Progressio", el papa Pablo VI señaló que en un coro hay que distinguir entre un tenor y una soprano, pero reconociéndoles a ambos una igual dignidad. Si le reconocemos a la unión entre homosexuales la misma dignidad que a la unión tradicional, ¿esto exige acaso sostener además que "son lo mismo"? M.G. (no, no Mahatma Gandhi. Mariano Grondona)harto ya de tanto debate democrático al cuete, pregunta para adoctrinarnos: "¿Sí o no al matrimonio gay?" y mientras escribe, piensa.
Ok, pongámosle que piensa.
A ver, te voy a enseñar si sí o no al matrimonio gay pedazo de lacra nacional y popular infiltrada. A ud., en cambio, querida y respetadísima Sra.y Sr. de la high, no tengo nada que enseñarle...
Y así se dispone a decir que NO HAY DUDAS, NADIE OSARÍA DECIR LO CONTRARIO, TODOS PENSAMOS Y CREEMOS que los gays deben gozar de los mismos derechos de los que gozan los heterosexuales. Pero por favor! Por supuesto que pensamos eso! Claro que sí ...........................................................................
Pero nosotros que conocemos al querido M.G.(no, no Máximo Gorki. Mariano Grondona) sabemos que le molesta un poquito el tema nominal. Esa astillita ahí... Hay necesidad de llamarlo "MATRIMONIO"? Por qué no buscamos otra designación, como... no sé,"ASQUEROSIDAD" por ejemplo... o "PERVERSIÓN POSMODERNA". No sé exactamente (todas se me ocurren en latín) pero vayan por ahí...
Es difícil seguir el razonamiento de este genio del siglo XX, porque en mi cerebro pequeño, morocho y casi peroncho (perdón por esa náusea Dr.) no cabe que si todos merecemos contar con el derecho al matrimonio, como él mismo se empeña en recalcar, tenga que denominarse de otra manera. ¿Por qué motivo hacer esa diferenciación si lo que se estaría buscando sería aumentar la cantidad de personas que pudieran acceder a ese derecho y no modificarlo o corregirlo? Quiero decir, ¿por qué si buscamos la igualdad de derecho, en algún punto hay que diferenciar, separar, distinguir o señalar lo "diferente" cambiando la denominación?
Y después pregunta si es "justo" llamarle matrimonio tanto a las uniones de heterosexuales como a las de homosexuales. Yo diría que sí Dr., pero entiendo que Ud. diga que no porque los hetero y los homo no somos iguales.
Y discúlpeme Ud. una nueva pregunta: ¿Ud. realmente me encuentra igual a Mauricio Macri, Ernestina Herrera de Noble, Pepe Eliaschev y por eso cree que tengo que tener los mismos derechos que ellos? Con cuántas ganas me separo de ese grupo beneficiado con el derecho al matrimonio y me uno a los que siguen peleando por la libertad que otorgan los derechos y las obligaciones del matrimonio.
Nadie busca, M.G., ser igual al otro. Lo único que la humanidad persigue es acceder a lo que hace a la felicidad, sin perjuicio de nadie, sin distinciones absurdas.
Yo no busco
ser lo mismo que Ud. (Dios nunca me lo permita) sino sólo poder ver un casamiento entre dos personas de igual o distinto sexo.
No me animo a preguntarle quién es el burro, quién el gran profesor. No me animo a preguntar tampoco por el diez que se llevan los que hacen las cosas bien y el uno que se llevan los otros.
Como ya no me animo a preguntarle nada, le respondo. Sí, es lo mismo. Es matrimonio.